Lo que viene después

Nadie llora en una sala de espera. Eso viene después.

Me siento en la cuarta silla de la tercera fila porque es la que queda frente al televisor, aunque el televisor está en silencio y transmite el pronóstico del tiempo de una ciudad que no es esta. Ciudades con nieve. Ciudades donde la gente usa abrigos y camina rápido y desaparece detrás de su aliento.

Aquí no hace frío, pero yo tengo frío. Un frío que no viene de afuera, que se instaló en algún momento de la madrugada cuando sonó el teléfono y ya no se fue.

Las sillas son de plástico gris, atornilladas al suelo en hileras de ocho. Quien las diseñó no pensaba en comodidad sino en permanencia: nadie debería querer quedarse, pero todos nos quedamos. El plástico se adhiere a la piel con una intimidad desagradable. Cada vez que me muevo, el cuerpo se despega del respaldo con un sonido breve y húmedo.

La mujer de la segunda fila retuerce un pañuelo entre los dedos. No lo usa para los ojos; los tiene secos, enrojecidos pero secos. Lo usa para ocupar las manos en algo que no sea destruir lo que tiene alrededor. Es joven, más joven de lo que debería ser alguien en un lugar como este. Lleva el pelo recogido de forma apresurada, mechones sueltos que se le pegan a la sien, y un vestido que parece elegido para otra ocasión. Junto a ella, una niña dibuja en el reverso de un formulario. Trazos circulares, colores que no pertenecen a ningún paisaje real. Nadie le ha explicado por qué está aquí, o quizás sí y el dibujo es una respuesta más útil que la comprensión. El formulario tiene un membrete que reconozco. Lo vi esta mañana, cuando me pidieron llenar el mío. Escribí su nombre completo, su fecha de nacimiento, el número de vuelo. La tinta del bolígrafo era azul y la mano que escribía era la mía, pero no me pertenecía del todo.

A mi derecha, separado por dos sillas vacías, un hombre de corbata suelta sostiene una revista abierta en la misma página desde que llegué. Cada cierto tiempo pasa el dedo por el borde del papel como midiendo la posibilidad de avanzar. No avanza. Tiene las uñas cortas, mordidas hasta la carne viva, y un reloj que consulta cada tres minutos exactos. Yo también lo cuento. Tres minutos. El reloj. La mirada al suelo. De nuevo la revista. No sé a quién espera, pero su cuerpo tiene la rigidez de quien lleva horas sosteniendo algo por dentro que no puede soltar en público.

Detrás de mí, una pareja mayor ocupa las dos últimas sillas de la primera fila. No hablan. Él tiene las manos sobre las rodillas, grandes, con nudillos anchos y manchas de sol, y ella tiene la cabeza apoyada en su hombro. De vez en cuando, él le toca el dorso de la mano con un dedo — un solo dedo, el índice — como verificando que sigue ahí. Ese gesto mínimo me obliga a mirar hacia otro lado. No por pudor. Por la precisión con la que resume lo que todos estamos haciendo aquí: confirmar que algo permanece.

El aire acondicionado zumba con una frecuencia baja y constante que no refresca nada pero lo llena todo. Huele a desinfectante industrial, a café recalentado que nadie bebe, y por debajo, apenas perceptible, a algo dulzón y orgánico que no quiero identificar. Las luces fluorescentes tiñen la piel de todos con el mismo tono cenizo. Bajo esta luz no hay diferencias. Somos todos del mismo color.

Junto a la máquina expendedora que ocupa la esquina izquierda, un hombre joven permanece de pie. No se sienta. Desde que llegó, después de mí, antes de la pareja mayor, ha estado ahí, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared, mirando la puerta del fondo como quien vigila una frontera. Lleva botas de trabajo, jeans gastados en las rodillas, y una cadena fina en el cuello que sus dedos buscan cada pocos segundos. No es una cadena decorativa. Es un crucifijo pequeño, y lo frota con el pulgar cada vez que el funcionario cruza la sala. Hay algo en su mandíbula — la forma en que aprieta los dientes sin mover los labios — que me hace pensar que este hombre no está esperando una noticia. Ya la tiene. Está esperando la prueba.

La mujer del pañuelo murmura algo. Habla sola o habla con alguien que no está, y lo que dice es: “Ya viene.” Lo dice en presente, como si la persona a quien espera pudiera caminar por esa puerta en cualquier momento y sentarse a su lado y preguntarle por qué lleva ese vestido. Quizás es eso lo que nos mantiene en estas sillas: la gramática del presente, la conjugación como un último refugio. Mientras el verbo no cambie de tiempo, nada es definitivo.

Tengo la bolsa de tela entre los pies. La siento con los tobillos, su peso leve, su contenido dócil. Una blusa celeste que ella usaba los domingos cuando no había nada que hacer y todo el día era nuestro. Una falda oscura. Los zapatos que compró en aquel viaje a Buenos Aires, en una tienda estrecha con un vendedor que le recordaba a su padre y ella se reía con esa risa suya que ocupaba toda la habitación. No. No voy a pensar en el viaje. No aquí. Pero el cuerpo tiene su propia memoria, y mis manos recuerdan haber doblado esa blusa esta mañana como si estuviera preparando su equipaje para otro viaje, como si doblar la ropa con esmero pudiera ordenar algo más que la tela.

Un funcionario cruza la sala cada veinte minutos. Lleva una carpeta, un gafete con el escudo nacional, zapatos que suenan demasiado en el piso. No mira a nadie. Entra por la puerta del fondo, la que permanece cerrada, la que ninguno de nosotros puede abrir desde este lado, y sale minutos después con la carpeta un poco más delgada. Cada vez que aparece, la sala se tensa. Cada vez que pasa de largo, la sala respira. El hombre joven de las botas descruza los brazos. Los vuelve a cruzar. El de la corbata mira el reloj.

He contado cinco veces. Cinco carpetas. Cinco familias antes que yo.

La niña termina su dibujo y lo levanta hacia su madre. Es un avión. Azul con alas rojas, flotando sobre algo que podría ser agua o podría ser nada. La mujer del pañuelo lo mira, y por primera vez desde que estoy aquí, la compostura se fractura. No llora. Cierra los ojos y pone la mano sobre la cabeza de la niña, y la deja ahí, como si ese peso mínimo fuera lo único que la mantiene conectada al suelo. La niña no se inmuta. Sigue coloreando el vacío debajo del avión con un crayón blanco que no deja marca en el papel. Colorea igual. Con dedicación.

Me descubro apretando los puños. Los abro. Tengo las palmas húmedas y marcas de uñas en forma de media luna. No sé cuánto tiempo llevo así. El cuerpo negocia por su cuenta con lo que la mente se niega a procesar: los puños, el frío, la sequedad en la garganta que el vaso de agua no resuelve. Trago saliva. No ayuda.

El hombre de la corbata cierra la revista de golpe. El sonido nos sobresalta a todos y él se mira las manos como si no reconociera lo que acaban de hacer. Murmura una disculpa que no va dirigida a nadie, o que va dirigida a todos, y vuelve a abrirla en la misma página.

El funcionario vuelve. Se detiene.

Dice mi nombre.

El sonido de mi propio apellido en esa voz burocrática y neutral me produce algo que no es dolor ni alivio sino una tercera cosa para la que no tengo palabra. Me pongo de pie. Las rodillas crujen. Tomo la bolsa con la ropa, la blusa celeste, la falda oscura, los zapatos de Buenos Aires y camino hacia la puerta del fondo. Despacio, no porque quiera demorarme, sino porque las piernas hacen lo que el pensamiento no puede: resistirse.

Al pasar junto al hombre joven de las botas, nuestras miradas se cruzan. No dice nada. Yo no digo nada. Pero en ese intercambio breve hay un reconocimiento que no necesita idioma: él sabe lo que hay detrás de esa puerta. Yo estoy a punto de saberlo.

La puerta se abre. Del otro lado hay un pasillo largo, luces iguales a estas, y al final, una sala más pequeña donde alguien me espera con otro formulario. Verificación. Identificación. Entrega.

Antes de cruzar, giro la cabeza hacia la sala.

La mujer retuerce el pañuelo. El hombre no ha pasado la página. La niña empieza otro dibujo. La pareja mayor sigue en silencio, su dedo índice sobre el dorso de su mano. El joven de las botas mira la puerta que estoy a punto de cerrar.

Nadie llora en una sala de espera. Eso viene después.

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